En su editorial del lunes en El Observador 107.9, el periodista Luis Majul abrió con una pregunta del propio Presidente: por qué la mayoría de los medios no difunden las buenas noticias. Y ofreció algunas de las que el jefe de Gabinete Manuel Adorni presentó durante la semana.
La Justicia revocó la cautelar que suspendía la Modernización Laboral y declaró su plena vigencia. El Gobierno envió al Congreso la Reforma Electoral para eliminar las PASO —ahorro estimado de 200 millones de dólares—, transparentar el financiamiento partidario e implementar la Ficha Limpia. Marzo marcó un récord histórico de exportaciones: ingresaron 8.645 millones de dólares, un 30,1% más que el año anterior. Y Pluspetrol presentó en el marco del RIGI un proyecto de 12.000 millones de dólares para producir 100.000 barriles diarios. Sin embargo, esas noticias no hegemonizan los titulares ni llegan a la calle por factores tan diversos como una recesión económica que no muestra la luz al final del túnel o escándalos de corrupción como los de Adorni o la estafa de Libra. Si las buenas noticias no alcanzan, pues, es porque conviven con otras que son malas o directamente pésimas.
Pero el corazón del editorial fue el cierre. Majul planteó una hipótesis que pocos en la oposición se animan a enunciar en voz alta: ¿y si esa mezcla de determinación con reacciones desmesuradas hace que Milei finalmente se salga con la suya? Porque el Presidente acumula lo que en cualquier otro gobierno hubiera sido material para una crisis terminal: rispideces diplomáticas, peleas públicas con aliados, declaraciones que sus propios funcionarios deben salir a matizar.
Una explicación que circula entre analistas es que el votante que lo eligió en 2023 no mide a Milei con la misma vara que a sus predecesores. No le exigiría coherencia discursiva ni modales diplomáticos, sino que la inflación no vuelva a tres dígitos y que el rumbo no se revierta. En ese marco, los exabruptos no necesariamente restan.
La apuesta opositora de que los errores harían el trabajo solos está mostrando sus límites. Es la pregunta que, por ahora, los analistas clásicos todavía no terminan de responder.
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