El corazón de El Globo


En los cuentos, los reinos suelen sostenerse sobre coronas, tronos y linajes. En el Club Atlético El Globo, en cambio, la nobleza se mide en camisetas lavadas, baños limpios, horas robadas al descanso y semitas amasadas de madrugada. Allí, la reina no viste joyas ni habita un palacio. Se llama Natacha Alcaraz y lleva adelante la institución con la misma naturalidad con la que enfrenta su trabajo, su maternidad y una rutina que parece no tener pausas.

Hace apenas un año asumió formalmente la presidencia del club, pero su historia con El Globo comenzó mucho antes. Muchísimo antes. “Llevo un año en la presidencia, pero nací acá. Mis papás se conocieron en el club viejo, el que estaba en la Sarmiento. Es por eso que desde siempre estoy acá, son 43 años aquí”, cuenta. En cierto modo, heredó un trono. No por privilegios ni por poder, sino por pertenencia. Porque hay personas que llevan una camiseta puesta desde la cuna.

La realidad de los clubes del ascenso sanjuanino está lejos de las luces y los recursos abundantes. En El Globo, como en tantas instituciones de barrio, las funciones se multiplican y los cargos terminan siendo apenas una formalidad. “Me toca hacer de todo, somos un grupo en el que todos hacemos algo”, resume Natacha. La frase se queda corta frente a la realidad.

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Atiende el kiosco, organiza la entrega de ropa, lava camisetas, limpia baños, repone elementos deportivos y colabora con el mantenimiento general. Los fines de semana se instala detrás de la cantina, donde prepara las famosas semitas que ya son una tradición entre los hinchas. “Es un aporte más para tener una platita extra. Hay veces que hacemos hamburguesas. Lo que buscamos es reunir fondos para comprar chalecos, pelotas”, explica.

Su vida se divide entre el trabajo en el servicio doméstico, la crianza de su hijo de 19 años y el club. O mejor dicho, se mezcla. Porque para ella no existen fronteras demasiado claras entre una cosa y otra. “Esto es de lunes a lunes”, dice sin exagerar. Los martes y jueves asiste de manera fija y comparte la responsabilidad de la escuelita con su hermano, entrenador de Cuarta División y jugador del plantel superior. Los demás días aparecen nuevas tareas. Siempre hay algo por hacer.

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“Es sacrificado estar acá en el club. Hay que ponerle garra y amor porque mucha ayuda externa no recibís. Es una lucha diaria la que tenemos todos los que nos hacemos cargo de un club de la B”, señala.

Una de las postales más representativas de ese sacrificio ocurre lejos de las canchas. En el fondo de su casa cuelgan interminables sogas repletas de camisetas, pantalones y chalecos de entrenamiento. Junto a su madre y su cuñada se encarga de lavar la indumentaria de seis divisiones completas. Durante el invierno, cuando el secado se vuelve una batalla contra el clima, los juegos extra de camisetas funcionan como un salvavidas.

Por eso, cuando habla de sueños para la institución, no menciona primero una tribuna nueva ni una obra millonaria. Habla de algo mucho más simple. Un lavarropas.

“Terminaría con un trajín y con un gasto extra de transportar las cosas. Aunque muchas veces me llevo el bolsón de camisetas a cuestas en la bicicleta. Me toca ser Uber de camisetas”, relata entre risas.

Pero detrás de esas anécdotas aparece una pasión que desborda cualquier lógica. Cuando intenta explicar lo que siente por El Globo, la voz se le quiebra. “Si me preguntás lo que el club significa para mí, es mucho. No lo puedo explicar porque es un amor único. No veo que otros lo quieran como yo lo quiero. Doy la vida por esto”.

La emoción no es casual. Natacha vive los partidos como una jugadora más. Sufre las derrotas, celebra los triunfos y acompaña a un plantel al que conoce de memoria. Reconoce que aprendió de fútbol desde chica, que creció entre vestuarios y entrenamientos, y que incluso llegó a jugar antes de abandonar la actividad por las exigencias laborales.

El gran objetivo deportivo es claro. “El sueño es el ascenso”. Sin embargo, también sabe que la realidad impone límites difíciles de ignorar.

“A nuestros chicos no se les puede exigir tanto. Todos trabajan en albañilería, hacen changas y es complicado. Ya con que entrenen es un montón”, reflexiona. En el club nadie cobra un sueldo. “El club no le paga a nadie, solo se hace cargo del seguro y de la movilidad”.

Esa cercanía cotidiana también le permite conocer historias que muchas veces quedan fuera de las planillas y los resultados. Historias de jóvenes que cargan con problemas familiares, económicos o personales. Ella escucha, acompaña y contiene hasta donde puede.

“A mí no me gusta decir que sacamos niños de la calle, porque solo están un rato en el club y, en ese momento, uno intenta inculcarle el deporte y la vida sana. Pero lamentablemente veo mucha deserción y desinterés”.

No pretende atribuirse méritos ni salvar vidas. Apenas estar presente. Quizás porque entiende que, en determinados momentos, la compañía también vale.

“Soy mamá y mujer, es parte de mi naturaleza”, explica.

Y tal vez allí radique la esencia de esta historia. Mientras en otros lugares los dirigentes toman decisiones desde una oficina, Natacha gobierna su pequeño reino desde la cantina, el lavadero, la bicicleta o el borde de una cancha. Sin corona, sin cetro y sin privilegios. Con las manos llenas de trabajo y el corazón completamente entregado a los colores de El Globo.

Una reina distinta. Una reina plebeya. De esas que sostienen los clubes desde adentro para que la pelota siga rodando.

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