La madrugada del 22 de enero del 2000 se murió Eduardo Adán Villavicencio y nació “El Loco del Sifón”. Ese niño marginal, ese adolescente condenado por robo y abuso, se convirtió en uno de los asesinos más estudiados y temidos de la historia criminal sanjuanina. Paga con prisión perpetua dos violaciones seguidas de homicidio y una violación en grupo dentro del Penal. Veintiséis años después del instante que cambió para siempre la vida de Villavicencio y sus víctimas, habló con Tiempo de San Juan en exclusiva.
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El convicto tiene 45 años y está preso desde los 19. Hace casi dos décadas le concedió una entrevista al periodista Rolando Graña, pero nunca más volvió a hablar con los medios de comunicación. Dijo que su familia le pidió que no se expusiera, pero que de igual modo decidió conceder este mano a mano para “pedir perdón” y mostrarle a la gente que cambió.
Dos sillas enfrentadas y la cancha de los picaditos carcelarios, el escenario elegido por los penitenciarios para la nota. Villavicencio llegó custodiado por dos agentes, quienes preguntan al equipo periodístico si acepta que le quiten las esposas. No hubo objeciones. Su imagen pequeña y tímida, de contextura delgada, podría pasar desapercibida en cualquier vereda céntrica, esas que nunca más volvió a recorrer desde el 2000.
Villavicencio nunca fue niño. Nació en una familia disfuncional: padre alcohólico y violento; madre abandónica. Criado en Villa Hipódromo, la calle se convirtió en su hogar. Terminó primer grado y nunca más volvió a la escuela. A los 13 años tuvo los primeros encontronazos con la ley. Cayó varias veces por robo. Los expedientes indican que en una de sus estadías en una comisaría de Rawson fue violado siendo menor de edad. “El Negrito”, como lo apodaban, no volvió a ser el mismo y luego vino una seguidilla de ataques en descampados a parejas: a los varones los golpeaba hasta dejarlos nocaut y a las mujeres, las abusaba sexualmente. Fue descubierto, pero la Justicia de Menores le concedió la libertad en noviembre de 1999, bajo tutelaje y tratamiento psicológico.
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Dos meses después de haber conseguido ese beneficio judicial, Villavicencio volvió a atacar. Violó y mató de la manera más sanguinaria. Ingresó a dos viviendas en dieciséis días (22 de enero y 6 de febrero del 2000), redujo y mató a los hombres de la casa y violó a sus esposas con los cuerpos agonizantes de sus compañeros al lado. Cayó dos días después del segundo crimen en una plaza de Villa San José. “Perdí”, fue lo primero que les dijo a los policías que lo redujeron.
Villavicencio no sabe si alguna vez volverá al “afuera”, ese lugar que resulta apenas una idea. Dentro de esos muros que lo separan del San Juan cotidiano, se enamoró y formó una familia. Tiene hijas y nietos. “Usted se preguntará cómo alguien se puede fijar en una persona como uno”, dijo. Y ante el silencio de esta cronista, se auto respondió: “Después de tantas cosas malas, está Dios”.
La remera manga corta que lleva deja adivinar algunos tatuajes carcelarios. Los movimientos involuntarios de Villavicencio son constantes. Su pierna no para de moverse. Aunque nunca estuvo a la defensiva, sabe que no puede equivocarse en el mensaje. Los sanjuaninos no lo quieren afuera y paga con su libertad haberles arrebatado la vida a dos padres de familia; haberle generado traumas y dolores imposibles de poner en palabras a dos mujeres; y haberles quitado la oportunidad a los hijos de esos matrimonios de crecer con un padre y sin una historia trágica con ausencias que no debería haber sido nunca.
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Si algo llama la atención a cualquiera que revise los expedientes judiciales de Villavicencio es por qué atacó parejas y no a mujeres solas. Nunca lo respondió. Pero ciertos análisis psicológicos sostienen que fue una forma de matar a sus padres, a la madre que lo dejó y al padre que le pegó. “Los perdoné”, atinó a decir. Su madre no lo visita hace tres años. Eso también dijo.
Quizás porque tiene la certeza que nadie lo quiere libre, excepto su familia, es que aseguró que intenta no enojarse cuando le gritan “Loco del Sifón”. Es parte de su condena. Lo que nunca sabremos es si es cierta esa aceptación pacífica que dice tener.
Dios, el que todo lo puede, el que recibe a justos y pecadores, es parte del Villavicencio de ahora. Contó que conoció la palabra cristiana gracias a un pastor que iba al Penal. “Era un muchacho pastor, que venía de la calle. Y bueno, más o menos te orientan qué es lo bueno y qué es lo malo”, relató. Como tantos otros presos, se refugió en el Único que recibe a las oscuridades y confía en su domesticación, en el Único que todo perdona sin importar cuán grave es el pecado. Ese pastor falleció hace algunos años. Es un hombre al que Eduardo Adán extraña.
A lo largo de su extensa estadía en la cárcel, Villavicencio pasó por distintas etapas. Nunca negó su culpabilidad y es un preso de muy buena conducta, según los penitenciarios y funcionarios judiciales. Como todo condenado, los primeros años son turbulentos. Pero cuando la cadena perpetua se cristaliza en una realidad palpable, y de la que es imposible escapar, solo queda hacerle frente o morir. La fe llegó después; primero fueron las manualidades en madera. Por estos días, construye sillas de ruedas con lo que sirve de bicicletas que van a parar al Servicio Penitenciario para darle materiales a los reclusos.
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En la entrevista que le dio a Graña, dijo dos frases contundentes: “Hubiera preferido no existir” y “no me dejen salir”. Hoy no piensa igual. Asegura que su familia lo cambió. También la fe. “Sí puede cambiar, te lo tenés que poner, te lo tenés que proponer. Tenés que insistir, tenés que pelear con vos mismo”, apuntó.
La oscuridad y la luz como antítesis y síntesis de todo ser humano. Quizás por eso el hecho periodístico de entrevistar a un preso condenado por dos homicidios no pasa desapercibido. Porque en todo lo salvaje, hay algo de civilización. En toda maldad, hay algo que nos interpela. Eduardo Adán Villavicencio está condenado a prisión perpetua. Anticipan desde la Justicia que es muy difícil que goce de algún beneficio judicial.
No ocurren demasiados milagros detrás de los muros que contienen hasta lo más bestial que la sociedad ha sido capaz de gestar y parir. Probablemente lo más aterrador de hablar con un condenado por homicidio es que es igual a vos. Fue un embrión, un niño, un adolescente, un adulto y un anciano. Cumplirá el mismo ciclo vital que todos. La condición humana iguala y eso es lo que hiela la sangre.
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