Guillermo Yanco, su esposo desde hace 28 años -ahora reconvertido en actor de una obra de la calle Corrientes- suele rememorar una anécdota: en la primera salida que tuvo con Patricia Bullrich, su futura esposa le aclaró que su única regla era que nunca la obligara a elegir entre “él y la política”. “Porque me voy a quedar con la política”, remató entonces.
Lo que tiene entonces el Gobierno, escondido atrás del éxito por la aprobación de la Reforma Laboral y la baja de la edad de imputabilidad, puede ser un problema latente. Bullrich es senadora por seis años más y no está a tiro de decreto de ser echada -como era durante su gestión en el ministerio-, dialoga con sectores que el resto del gobierno no -como la CGT-, es aplaudida por el público libertario y, subida al clima de época, tiene ambiciones. “Alguien como Patricia nunca jamás va a abandonar su sueño de ser Presidenta en algún momento, el día en que eso pase significa que está muerta”, aventura alguien que la conoce hace décadas. Sólo como un ejercicio teórico: ¿Qué pasaría en un futuro si la senadora decide ser candidata a jefa de gobierno porteño y Karina le dice que no? ¿Podría llegar a jugar por afuera, o al menos amenazar con eso? Es una pregunta que late en el círculo rojo, al menos como hipótesis. Del lado de la senadora descartan de plano cualquier teoría conspirativa, y ofrecen como prueba la buena sintonía -que sigue creciendo, dice este bando- entre ella y el Presidente. Bullrich prefiere reunirse mano a mano con Milei, apostando a una relación personal con el libertario que a otros en el pasado les terminó saliendo caro. Karina no perdona a quien pretende tener un vínculo directo con su hermano sin pasar antes por su intermediación. Vale la pena recordar una anécdota que cuenta la periodista Emilia Delfino en el libro que escribió sobre Victoria Villarruel, una pelea entre la entonces candidata y Milei. “Voy a ser Vicepresidenta y no puedo poner a nadie en la lista”, le recrimina ella, a lo que el libertario responde: “Y yo tampoco, y eso que voy a ser Presidente”.
Por eso es que algunos que conocen a Bullrich hace tiempo dicen que ella no va a esperar ninguna aprobación a la hora de ir a buscar la silla de Jorge Macri. De hecho, Bullrich iba a ser parte de una comitiva del oficialismo que viajó a principios de febrero a Madrid, un convenio con la universidad complutense en el que se invitaba a legisladores del Gobierno a ver cómo se gestionaba la municipalidad de la capital española. Finalmente, por las sesiones extraordinarias y la reforma laboral, la senadora no pudo ir.
Ese deseo de ir por la Capital Federal no parte sólo como una última mojada de oreja al PRO, el espacio que la cobijó durante casi una década y con el que ahora está más que mal -con el ex presidente, de hecho, se interrumpió el diálogo, mientras que Cristian Ritondo se quejó en público por cómo se manejó durante el tratamiento de la reforma laboral-, sino como un viejo anhelo de tener poder propio. “Está cansada de que le digan qué hacer, de tener jefes”, dicen. Todavía falta mucho, y por ahora tendrá que lidiar con el delicado equilibro del ecosistema libertario. Habrá que ver quien gana la pulseada.
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