Córdoba, capital de los robots y los drones


En la Argentina existen momentos en los que una institución deja de ser simplemente lo que fue para convertirse en lo que puede llegar a ser. La Fábrica Argentina de Aviones (FAdeA) se encuentra hoy en ese punto de inflexión. No porque haya agotado su función histórica —lejos de ello, continúa cumpliendo un rol indispensable en la repotenciación de aeronaves de las Fuerzas Armadas, en el mantenimiento de flotas y en su inserción como proveedor en cadenas globales— sino porque el mundo que la rodea cambió de manera definitiva, y ese cambio exige algo más que continuidad: exige una redefinición.

Durante décadas, la discusión sobre FAdeA se concentró en la producción aeronáutica tradicional, particularmente en torno al programa Pampa. Ese debate, aunque necesario, fue quedando desfasado respecto de una transformación global en la que la innovación dejó de organizarse alrededor de productos aislados para hacerlo en torno a capacidades integradas: robótica, sistemas no tripulados, software, materiales avanzados y plataformas tecnológicas complejas.

En ese nuevo escenario, FAdeA ya no debería pensarse únicamente como una fábrica, sino como una plataforma industrial capaz de articular múltiples dimensiones de la innovación contemporánea.

La historia aeronáutica argentina ofrece enseñanzas claras para orientar esa transición. El Pucará, concebido con una identidad operativa precisa y adaptado a necesidades concretas, logró posicionamiento, reconocimiento y una vigencia que aún hoy se proyecta en la agenda de seguridad de fronteras.

El Pampa, en cambio, representa un esfuerzo técnico sostenido que no logró consolidar una inserción internacional estructural, a pesar de los esfuerzos del más alto nivel político, desde la promoción directa que el presidente Carlos Menem realizó en su primera cumbre con el presidente George Bush, en noviembre de 1989, hasta las gestiones del presidente Mauricio Macri para llevar adelante una negociación con la presidencia de Guatemala en julio de 2019. La diferencia entre el Pucará y el Pampa no reside en la calidad de ingeniería, sino en la articulación entre diseño, mercado y estrategia.

Los drones, indispensables

Ese aprendizaje resulta central para pensar el presente. Hoy, la frontera tecnológica se desplaza hacia los sistemas no tripulados, la robótica aplicada para la industria, el agro, la seguridad pública y privada, tanto en su fabricación como en su entrenamiento, y la integración entre hardware y software.

Los drones (o UAV) se han convertido en herramientas indispensables no sólo en escenarios militares, sino en la agricultura de precisión, el monitoreo ambiental, la seguridad urbana, el control de infraestructura y la vigilancia marítima. La Argentina, con su extensión territorial y su matriz productiva, tiene un campo fértil para desarrollar estas soluciones. FAdeA, con su capacidad de certificación, integración y producción en escala, puede ser el actor que convierta innovación dispersa en industria real.

Pero si hay un punto donde la discusión debe volverse más exigente, y más honesta, es en el uso de los recursos públicos. En las últimas décadas, cientos de millones de dólares se destinaron a FAdeA. Ese esfuerzo refleja una decisión sostenida del Estado argentino de preservar una capacidad estratégica. Sin embargo, la pregunta que inevitablemente se hacen los contribuyentes no es ideológica, sino técnica: si esas inversiones lograron convertirse en una plataforma productiva o si, en los hechos, terminaron operando más cerca de un esquema de gasto de sostenimiento.

La respuesta no puede ser simplista. Obliga a revisar cómo se pensaron esos proyectos. Si incorporaron planes de negocio realistas, si identificaron mercados concretos, si aprovecharon plenamente la infraestructura instalada y si buscaron posicionar a FAdeA en nichos donde pudiera competir con ventaja. Porque una fábrica con ese nivel de capacidades no debería depender de un único programa ni de un único cliente.

Debería funcionar como una plataforma multipropósito, articulada con el entramado productivo nacional y conectada con industrias como la automotriz, la maquinaria agrícola, la energía y, sobre todo, las nuevas tecnologías.

En ese punto, el ecosistema argentino ofrece señales claras de que el talento existe. El caso de Cicaré Helicópteros demuestra que es posible diseñar y posicionar productos aeronáuticos con identidad propia desde estructuras relativamente acotadas, encontrando nichos concretos en el mercado internacional.

Empresas como Aerodyca, desde Mar del Plata, han avanzado en el desarrollo de drones orientados a aplicaciones reales de vigilancia y monitoreo, confirmando que la capacidad de innovar no es una excepción en el país. A esto se suma un conjunto creciente de startups en aviónica, software, lanzadores y tecnologías espaciales que, aunque dispersas, constituyen un capital tecnológico significativo.

El problema no es la falta de innovación

Y ahí es donde FAdeA puede cumplir un rol distinto. No como competidor de esos actores, sino como articulador. Su escala industrial, su capacidad de certificación y su experiencia en integración de sistemas la convierten en una plataforma natural para escalar desarrollos, consolidar productos y abrir mercados. La clave está en abandonar el modelo cerrado y avanzar hacia un esquema de cooperación tecnológica, donde la innovación no se concentre dentro de la fábrica, sino que se multiplique a través de alianzas.

En esa lógica, hay un elemento que merece especial atención y que muchas veces queda subestimado: el software. La experiencia desarrollada en FAdeA durante la gestión que impulsó soluciones tecnológicas para la Armada Argentina —bajo la conducción del experto Alejandro Garro, a cargo del área de nuevos desarrollos— demostró que la fábrica no sólo puede producir hardware, sino también integrar sistemas digitales complejos.

Ese antecedente no es menor. Refleja una capacidad que, bien desarrollada, puede posicionar a FAdeA en el corazón de la industria contemporánea, donde la diferenciación ya no se define sólo por la estructura física, sino por la inteligencia que la opera.

Pero hay una dimensión aún más profunda, que excede lo industrial y proyecta esta discusión hacia el largo plazo: la formación. Ninguna estrategia tecnológica es sostenible sin capital humano. En ese sentido, FAdeA tiene una oportunidad única de convertirse en mentor de las escuelas técnicas, en puente entre educación y producción, en espacio donde los estudiantes puedan entrar en contacto con tecnologías reales. No solamente formando operarios, sino despertando vocaciones, mostrando que la innovación no es un concepto lejano, sino una posibilidad concreta.

Imaginemos una FAdeA que, además de fabricar, enseña. Que, además de mantener flotas, forma técnicos. Que, además de integrar sistemas, inspira. Una institución que abre sus hangares al conocimiento y trabaja en red con escuelas, universidades y empresas para construir una cultura tecnológica compartida.

Córdoba reúne condiciones excepcionales para que ese proceso ocurra. Su tradición industrial, su base universitaria y su ecosistema de software la posicionan como un candidato natural a convertirse en el principal polo tecnológico del país. FAdeA puede ser el núcleo de ese desarrollo, no como una empresa aislada, sino como un sistema que irradia innovación hacia toda la economía regional.

En definitiva, la discusión sobre FAdeA ya no debería centrarse en si debe existir o no. Esa etapa está superada. La verdadera pregunta es si puede convertirse en una inversión productiva, generadora de valor, conocimiento y empleo calificado. La respuesta no depende del pasado. Depende de las decisiones que se tomen ahora. Porque la Argentina no necesita inventar desde cero su futuro tecnológico. Necesita integrar lo que ya tiene. Y FAdeA, si se lo propone, puede ser el lugar donde esa integración finalmente ocurra.

(*) Ex secretario de Comunicaciones de la Nación

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